2 abr. 2008


Barcelona, 11 de junio

Anoche cerca del puerto, apareció una vieja con dos bolsas llenas de trapos. A pocos metros de la mujer había tres borrachos que gritaban, uno de los hombres se levantó y le preguntó “¿Señora marquesa, adónde va con tanta prisa?”, todos se rieron. La mendiga se detuvo un minuto y les contestó “Hijos de puta, mal nacidos”, luego prosiguió su camino. Me alejé del lugar y en la parada de taxis presencié una discusión entre una pareja y fue en ese momento cuando supe que mi vida siempre estaría impregnada de las tragedias de otros.


Barcelona, 22 de junio

Tengo insomnio, las agujas del reloj no avanzan, pienso todo el tiempo en llamar a Raúl. He devorado seis bocadillos en medio del caos. Pan integral con rodajas de tomate. Las migas han rodado por debajo de la manta. Hambre clandestina después de un maratón de ayunos. Degradante. No he conseguido ningún trabajo estable. Ni siquiera un miserable remiendo. Naturalmente que la falta de dinero me tiene descuadrada en todos los aspectos. Para empeorar las cosas, debo seis meses de arrendamiento y me están pidiendo que desaloje, pero no tengo forma de hacerlo. Y como las cosas malas nunca vienen solas, para completar, me tuvieron que hacer una infiltración en las piernas porque me fallan bastante. El último sueño que tuve fue curioso. El portero del edificio me entregaba una carta -enviada por Bioy Casares para Helena Garro- extraviada desde hacía 30 años. Al terminar de leer la misiva, la puerta se abría y un revólver me disparaba. Como siempre el despertar fue brusco, fulminante como echar por la boca, sin vómito, el contenido del estómago.


Barcelona, 28 de julio

Me atiborro de tanta comida que me es imposible dormir. Algunas veces me introduzco los dedos en lo más profundo de la garganta para sacar todo el rencor de un cuerpo deformado por la grasa. Con cada espasmo expulso una buena cantidad de sustancia ácida, fétida. Los sentimientos de culpa disminuyen a medida que mi estómago se vacía. A veces me acuesto en el sofá varias horas y cuando logro levantarme, voy directamente a la báscula. Para proseguir con la tortura, trato de ponerme unos pantalones de talla 40 y en el forcejeo reviento la cremallera. Ante el espejo, casi a punto de llorar, me digo: “Falta poco, paciencia”. Luego destapo el paquete entero de papas fritas y las mastico a toda prisa.

Barcelona, 6 de agosto

En la infancia comer era un sacrificio, mi madre antes de almorzar me relataba siempre lo mismo: “Había una niña que vivía con su familia en un árbol. Ellos eran felices pero a medida que los días iban pasando, la muchacha fue perdiendo peso hasta desaparecer. Una noche hubo una tormenta muy fuerte y el viento se la llevó a un sitio de donde no se regresa jamás”. Seguidamente una cuchara de sopa iba directa a mi boca, quería escupir esa sustancia caliente pero la tragaba por el temor de quedarme sola como la niña del árbol.

Barcelona, 12 de agosto

El fin de semana pasado regresé a mi casa. Dejé de tomar los medicamentos y he sentido mucha angustia. Ayer, por ejemplo, abrí la nevera y me quedé parada con la puerta abierta mirando la leche, el jamón reseco, la media naranja cubierta con papel de aluminio y el queso. Engullí todo lo que encontré en los armarios: Pan, cerveza, magdalenas, chocolate, aceitunas. El estómago se me infló como un gran globo. ¿Por qué razón debo controlarme? ellos argumentaban “Quedarás hecha una masa de pliegues pechos llenos de estrías y brazos con celulitis” pero si logro controlar mi apetito, ¿dejaré de ser una niña monstruo?

Barcelona, 25 de agosto

¿Es el olvido necesario para sobrevivir?, ¿cuándo se acabaran los días de interminable espera?, no aguanto un momento más de añoranza o desamor; soñé con una mujer - ¿mi madre?- que me decía: “Te has quedado seca” y no tuve más remedio que admitirlo. No tendré hijos, y lo que es peor aun, a quién le importa.

Barcelona, 12 de septiembre

Mis obsesiones siguen vigentes y me arrastran por donde no quiero. ¿Acaso soy un personaje de ficción cuyo destino y obra ya están escritos? ¿Fui creada para paliar la locura de un novelista? Tengo más miedo que antes, súbitamente todos me tratan como si fuera adulta. ¿Por qué aún entre tanta desdicha, sigo sintiendo cierta ternura a prueba de mis prójimos-extraños? De todos modos no vale la pena lamentarse porque yo ya no existo.

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posted by Patricia Venti at 10:58 |


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