Desde que recibí su primer email, vacío mi estómago en post-arcadas voluntarias. Fumo compulsivamente a un ritmo aproximado de siete cigarrillos cada hora. Me alimento de un pasado y de un presente que pronostican tiempos peores. Aparte de esto, cabe destacar, que el hedonismo lo perdí cuando tomé el último tren hacia un callejón sin salida.

Tengo seis meses esperándolo. Los días pasan y busco su rostro entre la gente, en los vagones del metro, en las escaleras mecánicas. ¿Cuántas noches antes de dormir he imaginado el encuentro? ¿cómo explicar con palabras que mi corazón se acelera tan solo con pronunciar su nombre? Trato de convencerme que será un fiasco, que “no vale la pena”. Mientras camino hacia el lugar y la hora convenida, me digo: “olvídalo, no vayas”. Pero ¿cómo no hacerlo? ¿cómo negar que la cursilería avanza a ritmo sincopado? Ya sé: es una pasión adolescente, una batalla perdida por los años.
En las vitrinas de los negocios se refleja mi torpe figura que -con cierta ingenuidad- camina viéndose a cada paso. Ella, es decir yo, se detiene a pensar mientras dirige la mirada hacia ninguna parte. ¿Cuántas horas he de seguir esperando? ¿Tres, cinco, ocho? Me he preparado desde el amanecer, todo entra en el universo del orden: pelo, ropa, cara. Solo falta una cosa: él.

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posted by Patricia Venti at 7:28 |


1 Comments:


At lun dic 31, 06:56:00 p. m., Blogger Isabel Blasco 

Estoy alucinando.
Espera que recupere la respiración y vuelvo a comentar.



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