9 oct 2008

Laura se despertó sobresaltada por el timbre del teléfono. Miró a su hamster, permanecía totalmente inmóvil. Todo su cuerpo pugnaba por liberarse de un asfixiante amasijo de sábanas desordenadas. Tenía mucha, muchísima sed. Su frente estaba fría, sudorosa. El reloj marcaba justo las doce en punto. El silencio era absoluto. No se oía nada. El silencio al recorrer su propia habitación desaceleraba lentamente el sufrimiento que imprimían sus angustiosas palpitaciones. Se calzó las zapatillas, y tomó la pistola que estaba en el armario. A través de un generoso resquicio pudo ver a su amante durmiendo. Se aproximó sin miedo y le apuntó directamente a la cabeza. El hombre no tuvo tiempo a reaccionar, murió de forma instantánea. Laura se quedó mirando la sangre que salía a borbotones y teñía todo de rojo. Luego se introdujo el arma en la boca y disparó. (pág 184)

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6 abr 2008
VIAJE A PRAGA
Me embarqué en un tren rumbo Praga. Durante el trayecto, poco antes de cruzar la frontera alemana, aparecieron dos policías y me pidieron la documentación. Miraron minuciosamente el pasaporte, hablaron entre ellos y me revisaron el equipaje.

Una vez en la capital Checa, muy cerca de la estación, tomé un tranvía que me llevó al edificio donde había alquilado un cuarto. Delante del portal, busqué el apellido Kruger y presioné el telefonillo dos veces pero nadie respondió. Esperé un rato, volví a llamar y de repente una voz me contestó, le dije mi nombre y se abrió la puerta. Inmediatamente se encendió una luz, el olor repugnante de los contenedores de basura me cortó la respiración. Apresuré el paso para llegar rápido al ascensor pero éste no funcionaba. Subí por las escaleras y en la entrada del apartamento estaba un hombre mayor esperándome.

El lugar parecía un museo del horror, los muebles estaban tapizados con una tela de cuadros escoceses, los armarios eran de madera pero habían perdido su color. Los cuadros en las paredes eran malas copias de paisajes campestres y los adornos tenían aspecto de cerámica barata. Mi habitación en medio de todo aquello era sobria. Habían pasado dos días cuando el viejo me comunicó que se iría de viaje y me dejaba sola en el piso. En la tarde salí a recorrer la ciudad, había hermosos edificios neobarrocos, una torre con un reloj y varios cafés al aire libre.

La lluvia comenzó a arreciar y busqué un lugar donde refugiarme. Sin andar mucho llegué al "Café Arco", pedí un chocolate caliente. De improviso llegó un hombre con un impermeable oscuro, un sombrero de ala ancha. Se acomodó en una mesa cercana a la cocina y aunque desde mi sitio era imposible detallarle, me pareció un sujeto extraño. Después de un rato se levantó y discretamente se fue. No quise darle más vueltas al asunto, salí del local. La calle estaba húmeda pero había escampado.

Caminé sin orientación por la plaza central hasta un puente poblado de estatuas de piedra. Pensativa me recliné en la barandilla, miré el agua quieta del río y recordé los paseos nocturnos de los insomnes. En un momento dado, saqué un cigarrillo y justo cuando quise prenderlo, apareció el hombre del café. Se aproximó a mí, encendió una cerilla y la llama le iluminó el rostro. Me pareció conocerle, su figura delgada desapareció en la oscuridad y a pesar de que tuve la intención de seguirle, lo perdí de vista rápidamente. Continué caminando un buen rato pero hacía frío y casi todos los bares habían cerrado.

En casa, me quité los zapatos semihúmedos e hice una breve exploración del terreno. Todas las habitaciones estaban cerradas con llave, excepto mi dormitorio. Ya por acostarme algo capturó mi atención: justo en la entrada había un armario que tenía la llave puesta, pensé en abrirlo pero logré contenerme. Temprano en la mañana, los gatos empezaron a maullar. No pude volver a conciliar el sueño. Me levanté, fui directamente hacia el escaparate y lo abrí: en las puertas habían recortes de periódico con noticias de personas que se habían suicidado en el puente. Pero lo más llamativo no era esto sino los manojos de cabellos colgados encima de cada uno de los papeles.

Cerré violentamente el mueble y empecé a guardar la ropa en la maleta. Casi por terminar, traté de tranquilizarme, salí a dar una vuelta por los alrededores. Llegué a un McDonalds, me detuve y la tapa de una alcantarilla se levantó. De la abertura brotó un chorro de aire caliente, podrido. Un mendigo ciego me gritó que bajara, le hice caso y descendí por una larga escalera instalada en el pozo de hormigón.

Tardé un rato en habituarme a la oscuridad, pero poco a poco las luces de las velas alumbraron a 15 niños acurrucados en las esquinas de una cámara de ladrillos o dormidos sobre las tuberías de la calefacción. Allí, uno de los líderes del grupo me dijo "Llevo 12 años en las calles, pero aquí la vida es distinta, la mayoría de nosotros ha dormido en la estación de ferrocarriles, ahora hemos cambiado". De pronto pensé en las palabras de Goethe poco antes de morir : “Más luz, más luz” y ví una mujer sentada en un rincón. Entonces le grité "Madre". La tomé de una mano, quise abrazarla y abracé un humo ligero. El deseo y la impaciencia habían quebrantado la ley.

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posted by Patricia Venti at 11:19 | 0 comments
17 jun 2007
ADIVINA ADIVINADOR
La campanilla del teléfono sonó un buen rato. Amalia soñolienta encendió la lamparilla de noche. Alzó el auricular y repitió varias veces “hola”. Primero hubo una pausa, luego una respiración honda y finalmente un silencio largo. Eran las cuatro de la mañana, dio varias vueltas sobre si misma hasta que por fin encendió el televisor, los dibujos animados no la entusiasmaban demasiado, cambió veinte veces de canal y al cabo de media hora se quedó dormida.
A las ocho de la mañana sonó el despertador, le dolía la cabeza, el cuello lo tenía lesionado. Directamente salió de la cama a la ducha. Esa mañana estaba lloviendo, un aire frío se colaba por las rendijas. Por un momento pensó que sería mejor quedarse a terminar un informe pendiente para entregar esa misma tarde, no obstante hizo caso omiso a sus dudas y caminó deprisa sin abrir el paraguas. El lugar donde tenía que ir estaba bastante lejos, le esperaba por lo menos media hora de viaje.
El vagón del metro iba semivacío y la gente no habla entre sí. En la penúltima estación antes de llegar a Atocha, se embarcó una anciana dando gritos: !“Tengo hambre, tengo hambre”¡ La gente trataba de no mirarla, pero la mujer insistía y zarandeaba los brazos de los pasajeros. Poco antes de llegar a su parada, Amalia sacó una moneda del bolsillo y se la dio a la mendiga. Salió del Metro aturdida, llovía con fuerza y el paraguas no le protegía en lo más mínimo. Los zapatos se le empaparon y las botas del pantalón estaban salpicadas de barro.
Cuando llegó a la oficina del gestor, había un cartel en la puerta que decía: “Cerrado por luto”. Aquello era una broma de mal gusto, estaba visto que no era su día. Entró en una cafetería, tomó un chocolate caliente. Después de quince minutos salió de allí y emprendió el camino de regreso. Poco antes de llegar al metro, observó que un grupo de personas se aglomeraban alrededor de un hombrecillo que decía a voz en cuello: “Adivina, adivinador...la bolita se mueve de arriba a la esquina, al centro, y otro vez a la esquina...cinco mil a quien me diga dónde está la bolita”.
Amalia se quedó prendada del movimiento de aquellas manos, la velocidad de aquellos dedos era seductor. Una mujer sacó un billete y se lo dio al hombre. Ella misma alzó la nuez del medio, no había nada. Un coro de gente le gritó donde se encontraba la bolita. Amalia estaba hipnotizada por la voz que repetía una y otra vez: “Adivina, adivinador...de arriba a la esquina, al centro, y otro vez a la esquina...cinco mil a quien me diga dónde...”. Un joven que estaba a su lado le susurró al oído: “Esto es pan comido”. Entonces, él sin la menor duda, dijo bien alto: “Apuesto cincuenta mil a que la bolita está en el centro”. El hombrecillo lo miró con desafío y le contestó que aceptaba la apuesta pero con la condición de ver su parte del dinero. El joven le ofreció a Amalia la mitad de las ganancias si ella se comprometía a poner veinticinco mil. Ella estaba completamente aturdida no alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo, entonces sacó del bolso su billetera y le dijo: “Aquí no tengo dinero, tendría que ir a un cajero automático”. Hubo un silencio breve y por fin el hombrecillo alcanzó a decir: “Jugamos pero si usted gana yo no le pago hasta que vea sus fondos”. Comenzó el frenético juego, las manos desaparecían con cada movimiento de izquierda a derecha, arriba y abajo. De repente el tiempo se detuvo y Amalia alzó la nuez del centro. Para su asombro, apareció la pelotita y todos gritaron “bravo” al unísono. Ahora ella tendría que buscar el dinero. El joven la acompañó hasta un banco no muy lejos de allí y después de extraer el dinero, se dirigieron otra vez hacia el lugar de las apuestas. El hombre la estaba esperando, casi no se miraron a los ojos. La mujer se sintió inexplicablemente feliz, había ganado veinticinco de los grandes sin ningún esfuerzo, apenas podía creerlo.
Guardó el dinero en su bolso y caminó hacia la boca del Metro. El trayecto a su casa le pareció eterno, deseaba llegar lo más pronto posible para llamar a su madre. Cuando salió a la superficie seguía lloviendo, las calles estaban congestionadas. Mientras caminaba, tuvo la impresión que alguien la seguía, volteó bruscamente la cabeza pero no vio a nadie. Siguió andando con pasos más apresurados, sin pausa se metió por un callejón para acortar el trayecto. Sus tacones resonaban por todas partes, el eco de si misma la asustaba. Poco antes de salir del pasadizo, una mano la agarró por el cuello. No tuvo oportunidad de reaccionar, su corazón se transformó en un reloj descontrolado, la oscuridad le cubrió los ojos y un dolor intenso en el costado derecho le cortó la respiración. Antes de caer al suelo, alcanzó a lanzar un grito. La sangre comenzó a correr a borbotones sobre la acera mezclándose con el agua que caía rítmicamente sobre el cuerpo inerte.
Patricia Venti
2001

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posted by Patricia Venti at 22:38 | 0 comments
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