12 oct. 2008
Un sitio con clase

Hay mujeres que se alquilan -única posesión real- a cambio de un solomillo, en lugar de una hamburguesa. Yo, sin embargo, nunca pude vivir de mi cuerpo, lo malviví. Con el dinero que ganaba sólo podía pagar el alquiler. Los fines de semana trabajaba en la cocina del Café Victoria.

Normalmente a la hora del almuerzo, Clemente -el lavaplatos-, me decía "yo conozco una receta especial" y escupía un gargajo dentro de la sartén. "La carne no es más que un campo de sufrimiento" agregaba. Entonces, yo le sonreía y escupía sobre las patatas. Con nosotros trabajaba Melek, una argelina fea sin remedio, de piernas peludas con tacones gastados y cara de espasmo, ablanquinada, hablando un francés tan desastroso que era mejor taparse los oídos. También estaban las camareras, una histérica que daba gritos cada vez que un hombre la rozaba (creo que si Clemente le hubiera tocado el culo le hubiera clavado uno de los cuchillos de las tartas). Y cómo olvidar a la gorda sudorosa con sus dos monumentos al frente; ésta como todos, ayudaba una mierda pero no dejaba de sonreír para pedir algo de comer.

Sin lugar a dudas, el Café Victoria era un sitio con clase.

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posted by Patricia Venti at 10:04 |


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