24 nov. 2008
SEÑOR MONOPOLIO

1962. En un lujoso salón de una mansión de tres plantas en las afueras Madrid, se encuentra Joan Aubert, un hombre de 82 años, delgado, bajo, calvo, y con gafas. Allí, sentado en un sillón, recibe a Raimundo Bergen, su mano derecha. Este le informa que ha comprado el códice del Poema del Mío Cid para donarlo a la Biblioteca Nacional. Aubert hace un gesto de aprobación y llama a su secretario Bernardo, quien entra en la habitación con una carpeta de papeles y se la entrega. Sin decir nada, sale de allí y se embarca en un dodge dart que lo espera en la entrada de la casa. Es un día gris, casi ha anochecido, y mientras recorren la carretera hacia Santa Marguerida, Mallorca, Joan abre un poco la ventana y mira unos cultivos que le hacen recordar la madrugada del 29 de abril de 1909. En el barranco de Cala Casells unos carabineros vigilan la costa en espera de un alijo de tabaco proveniente de Argel. En el momento que se produce el desembarco de la mercancía, los carabineros caen sobre los paisanos, aprehenden los fardos pero no logran capturar a los cabecillas: Joan Aubert y el joven Rafael Garay. Ambos huyen a caballo por la sierra. Esa madrugada, obedeciendo órdenes de la Jefatura policial de Palma, los carabineros entran en Santa Marguerida y arrestan a varios vecinos como muestra de la nueva política policial de inflexibilidad respecto del contrabando. Simultáneamente, en la casa familiar, Joan Aubert convence a Rafael Garay para soliviantar juntos a la población. Los dos se enfrentan a los carabineros –pistola en mano y arropados por todos los vecinos, quienes arremeten violentamente contra los guardias y recuperan el alijo.


Joan Aubert siente un poco de frío y sube la ventanilla. El coche pasa por una estrecha carretera flanqueada por paredes de piedra seca y salpicada de fincas. A lo lejos observa la heredad Son Capellet de Santa Marguerida, emplazada delante del Puig de Bonany, montaña cuya vegetación mediterránea rodea senderos de gran belleza. Allí, en 1911, él conoce y corteja a Leonor –hija de una adinerada familia mayorquina– y en Julio contrae matrimonio con ella. El día de la boda boda, toda la clase política mallorquina se da cita en la finca, también llegan en automóvil personalidades de la política nacional, entre ellos, el presidente de la Compañía Nacional de Tabaco y el Ministro de Hacienda de España, Santiago Alba. El padrino de la boda es el padre de Rafael Garay, Josep, un hombre rudo que ha venido desde Argelia. Josep es el socio de Joan y dueño de una gran fábrica de tabaco en aquel país. Ambos se abrazan en señal de amistad inquebrantable y dejan sola a la novia. Reunidos en presencia del cónsul inglés, Joan lo convence para expandir el negocio al contrabando de armas. Días más tarde, ambos se trasladan a Argel y comienzan a tender lazos con las Kabilas del Rif, dejando al joven Rafael Garay a cargo de la protección de Leonor en Mallorca y la gestión temporal del negocio.


1914. Ha estallado la Gran Guerra. Las embarcaciones de Joan Aubert trafican libremente con tabaco hacia España y armas a Marruecos, bajo la protección de la bandera británica. Joan Aubert, desde una roca de Gibraltar presencia la destrucción de un mercante inglés torpedeado por un submarino alemán. El mallorquín guarda la calma, observa fríamente el ataque al lado de un alemán llamado Willem Canaris, con quien conversa. Una semana más tarde, un caballo montado por Rafael Garay galopa hacia Cala Casells donde el mismo submarino alemán ha recalado. Joan Aubert y sus hombres lo reabastecen secretamente de gasóleo y alimentos. El joven Rafael debería haber estado allí dirigiendo la operación. Joan le recrimina fríamente su retraso, lo tacha de mujeriego e irresponsable.


El coche de Joan Aubert se detiene frente ante un paso a nivel ferroviario. El mallorquín hace un gesto amargo, se apea del vehículo y camina hacia un pequeño cementerio, recuerda fugazmente una serie episodios del pasado. Muchos años antes, en otro paso a nivel, Rafael Garay es violentamente asesinado. Sus amigos le propinan decenas de cuchilladas, le escupen y lo dejan muerto junto a la vía. Mientras tanto, en otro lugar, el empresario Aubert le está dando la mano al presidente del Gobierno de España, Romanones, quien lo ha recibido en su despacho y acaba de otorgarle la concesión de una compañía de barcos, la Trasmediterránea; el presidente espera continuar en el futuro aquella relación provechosa. A la mañana siguiente, Aubert reconoce el cadáver del joven Garay, responde a preguntas incómodas del juez y traslada personalmente el féretro a Santa Marguerida, el pueblo grita “Aubert asesino” y su mujer, Leonor, le da la espalda en público. La relación entre ambos demuestra una tensa incomunicación.


1921. Las tropas españolas han sucumbido en Annual. El nuevo gobierno está repleto de desconocidos para Aubert. El nuevo director de la compañía nacional de tabaco, el ingeniero Bastos, tiene como objetivo básico la guerra al contrabando. Apresa los barcos de Aubert con inspectores bien pagados, y sobre todo, adquiere maquinaria para la fabricación de tabaco. La calidad del tabaco legal es mejor y se vende a mejor precio que el tabaco de contrabando. El peor parado de la guerra del tabaco es, sin embargo, Josep Garay. Su fábrica de tabaco en Argelia atraviesa problemas económicos y su antiguo socio Joan Aubert, lo ignora y desdeña sus cartas de reconciliación.


El magnate mallorquín, quien reside temporadas en Palace de Madrid, sentado en su habitación, rechaza a tres caballeros que le solicitan 2 millones para financiar al partido republicano y poner fin al sistema monárquico. Sus objetivos son distintos: Gracias a su poder mediático, ahora traza planes para convertirse en diputado monárquico, que le permitiría proteger y hacer medrar sus propios negocios. El cambio no le interesa. El día en que Aubert recibe su acta de diputado en el Congreso, Josep Garay –abrumado por la falta de liquidez y los deseos de venganza– pide audiencia al general Primo de Rivera –jefe del ejército español y furibundo nacionalista–, para quien la guerra de Marruecos es una preocupación máxima. El contrabandista de Argel, le explica al general el papel que ha tenido Aubert como traficante de armas, rearmando a Abd el Krim, el lider sublevado del Rif. A cambio de delatarle, Garay pide que se reabra el juicio contra el mallorquín por el asesinato de su hijo. Primo, asqueado por la figura de Aubert, va más allá y promete que un día muy próximo lo fusilará en paredón cuartelario.


1923. Primo de Rivera se ha convertido en dictador de España. El juicio contra Aubert se reabre. Sin embargo el mallorquín logra a través de Willem Canaris –ministro de la marina de Guerra alemana y conocido suyo desde el episodio de los submarinos en Gibraltar– una entrevista con Primo de Rivera. Frente a la ira del general, Aubert actúa con enorme frialdad y ofrece a Primo una relación provechosa, pero esta vez no enteramente basada en el dinero. Gracias a su amistad con Willem Canaris –que asegura una cooperación técnica con la marina alemana– está en disposición de financiar la construcción en sus propios astilleros de una veintena de buques de transporte necesarios para aumentar el poder naval español y vencer en la campaña africana. Primo de Rivera, que ve unidos sus intereses militares a los intereses económicos de March, cierra la entrevista con un apretón de manos y esa misma mañana, cuando el mallorquín debe declarar ante el juez –con su ex socio argelino como testigo principal– el magistrado es reemplazado. Protegido por sus guardaespaldas, Aubert recibe impertérrito las hoscas increpaciones de Josep Garay, derrotado y avejentado.


Las rotativas de Aubert lanzan portadas de periódico que ilustran, una tras otra, botaduras de barcos con nombres de la familia real. Aubert juega con sus hijos en Son Capellet, cuando recibe la inesperada noticia del fin de la Monarquía. Vuelve a Madrid a toda prisa con su amante Matilde. El ambiente no le es contrario. Los nuevos políticos republicanos –a quienes había rechazado financiar– han constituido en las Cortes una comisión para levantar su inmunidad parlamentaria. Por la mesa de la comisión pasan todos sus enemigos. Primero el ingeniero Bastos –que lo declara un desalmado contrabandista–, ante quien Aubert se defiende con astucia. A continuación, interviene toda una cohorte de testigos presenciales de sus tratos económicos con Romanones y Primo de Rivera –que lo tachan de taimado corruptor–. En mitad del revuelo la comisión llama a Josep Garay. El viejo contrabandista renqueante, le lanza una mirada vengativa y lo acusa de asesinar a su hijo; acto seguido deja sobre la mesa una prueba documental: cartas personales escritas por su mujer, Leonor, a Rafael Garay.


El anciano Aubert está frente a la tumba de Rafael Garay en Santa Maragarida. Se echa las manos a la cabeza y pronuncia “lo volvería a hacer”. Recuerda los días siguientes a su boda. Leonor descubre poco a poco que está casada con una persona distinta de aquella de quien creyó enamorarse. Al poco, Aubert marcha a Argel y abandona a su mujer durante meses, confiada a la protección a Rafael Garay. Por las mañanas, el joven dirige las actividades de contrabando y concede favores a los vecinos, que lo tiene como un buen protector. Por las tardes corteja a Leonor. Por las noches frecuenta los prostíbulos. Leonor se enamora de él y le escribe cartas. Una de ellas por equivocación viaja en un barco de vuelta a Argel y Aubert la lee. Muestra un dolor inmenso y después, fríamente, diseña el asesinato de Rafael Garay.


La comisión dicta el levantamiento de la inmunidad parlamentaria de Aubert. El mallorquín ingresa en la prisión de Talavera anonadado. Pero pronto, la prisión se asemeja a una oficina de Aubert. Dispone de habitaciones privadas para despachar sus negocios, ordena la quema de sus libros de contabilidad, mueve su capital hacia bancos europeos y tiende puentes con el nuevo presidente de la república, un viejo conocido suyo: Lerroux, alias el botines. Una vez que se siente fuerte decide dar el paso definitivo. Una noche todos sus familiares, criados y colaboradores mallorquines entran en la prisión en autobús. Al mismo tiempo, en Argel, dos sicarios están proponiendo un trato a Josep Garay. En la prisión, sus familiares se despiden de Aubert, que monta en un coche. La guardia de la prisión lo detiene en la entrada, para a continuación, acomodarse toda ella en el autobús, recibir un sobre con dinero y huir en masa. En Argel, los sicarios asesinan a Josep Garay.


Las rotativas de medio mundo sacan la noticia de la fuga de Aubert a Gibraltar. El cónsul inglés, amigo de negocios desde los viejos tiempos del contrabando de armas, lo recibe y ayuda. Aubert marcha a París.


Un automóvil sedán negro se detiene en un banco londinense. Se apea Aubert. Deposita un cheque, que avala la utilización de un avión bimotor De Havilland. En las islas canarias, el mismo bimotor despega con Franco a bordo. Ha comenzado la guerra civil. Las bombas caen sobre España. Otro automóvil se para delante de la confederación de bancos suizos. Ahora el mallorquín negocia la apertura de una línea de crédito de 700 millones de dólares para las filas nacionales de Franco. Las escenas de guerra en España alcanzan un climax. Finales de 1939. Vistas de Madrid nevado. En un palacio, Aubert toma tranquilamente champán con Serrano Suñer, ministro franquista de Asuntos Exteriores. Esa mañana Inglaterra ha declarado la guerra a Alemania. Suñer le pregunta acerca de su posición en el conflicto, ya que los intereses del millonario mallorquín están repartidos por igual entre las dos partes en guerra, “al igual que los intereses de España”. Aubert sonríe. Cuenta al ministro falangista la historia del mercante con botas del pie derecho.


Un coche sedán negro estaciona frente al Foreign Office británico. Aubert baja del vehículo. Le espera el jefe de los servicios secretos de la marina, su amigo el viejo cónsul de Mallorca. Joan le ofrece adquirir a buen precio los buques alemanes requisados por la marina británica en todos los puertos del mundo a causa del bloqueo naval contra Alemania.


Al día siguiente, un coche sedán negro frena en la gran puerta de la cancillería de Berlín. Lo recibe el responsable de los servicios secretos de la marina es su amigo Willem Canaris. Aubert le ofrece suministrarle combustible y provisiones en sus propios buques alemanes que acaba de adquirir a bajo precio, y que ahora pueden volver a surcar el mar libremente.


1962. Se ha levantado la neblina en la comarca de Manacor. El anciano Aubert despierta de sus recuerdos y monta en su dodge dart. En la recta de álamos que emboca en Santa Marguerida, el automóvil se accidenta. Aubert, malherido, es llevado a su casa-palacio. Recibe la confesión de un sacerdote, que sale demudado de la habitación. Preguntado por las últimas palabras del millonario, afirma que Aubert dijo después de confesarse: “Acabo de hacer el mejor negocio de mi vida”.

La portada del Financial Times habla de la muerte del mayor financiero español de la historia, una de las mayores fortunas de Europa, persona de la máxima influencia y profundamente respetada.

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posted by Patricia Venti at 19:07 |


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