13 abr 2008

Barcelona, 11 de diciembre

Me dejaré de sentimentalismo y lo diré de una buena vez: lloraré pero un poco nada más, gritaré pero lo preciso. Me haría falta decir “al infierno con todo” para hacerme la fuerte y mantenerme en pie. Señor García, usted no debe arrepentirse, hemos compartido lo justo y necesario, solo que me ha llevado por delante sin fijarse en los carteles: “¡cuidado, zona peligrosa!”. Pensaré en usted cuando haga el amor, trataré de no olvidar su rostro para reconocerlo. Si aparece nuevamente y me cuenta una historia de amor, de esas que nos saltan las lágrimas de tan solo escucharlas. Deseo matarme, ¿quién lo impedirá?...

Barcelona, 21 de diciembre

El miedo se cuela por las rendijas de la ventana, tengo fiebre y las arcadas me suben del estómago a la garganta. No puedo controlarme, si voy a la cocina miro hacia el teléfono y corro hacia él. Hoy lo hice por lo menos quince veces, me alivia escuchar una voz aunque sea por unos instantes.

Barcelona, 23 de diciembre

Quemé las fotos de Raúl sin arrepentimiento. La escritura ni siquiera sirve para mitigar el desarraigo, cambiaría todas estas malditas frases por sus besos. Me siento incapaz de empezar otra vida. ¿Qué hacer con mi cara? esa pequeña arruga que me ha salido al lado de la comisura de la boca parece persistir y hacerse cada vez más patente. No hay remedio, finalmente quedará incrustada en la piel como un accidente en el mapa.

Barcelona, 25 de diciembre

El libro del I Ching acertó en su dictamen: “El peligro está delante de uno. Verlo y saber detenerse, es sabiduría”. Hice un segundo intento por desaparecer. Deseaba encontrar el comienzo en el final, impugnar la vida. Había cola en la emergencia, me conectaron a una manguera por donde el suero bajaba deprisa, sentía entre las sábanas a un ejército de hormigas. ¿La locura es vagar horas y horas a oscuras por un callejón o una fina membrana que nos enceguece sin darnos cuenta? Debajo de la cama retumban silbidos, ¿por qué he aguantado tantas ofensas en nombre de la memoria? Las sombras cobran forma a través de las lámparas, las persianas. ¿Dónde está el arte? ¿Es quizá el retrato o el modelo del modelo? ¿Es mi herencia el lenguaje? ¿Una enfermedad que se hace a sí misma? La bilis es siempre amarga, horror en estado más puro” Escribir se ha convertido en un acto de fe que se erige para maldecir y celebrar la desesperación. Mi voz es la única prueba válida de que existo.

Barcelona, 3 de enero

Desde hace una semana estoy en una clínica de “reposo mental”. Este lugar es patético. Cuando entré en mi habitación-celda había una bata encima de la cama. Anduve de un lado a otro como un animal encerrado. Me senté primero en un sillón y pensé “¿Cómo se puede vivir en un lugar como éste? el sufrimiento de Baudelaire, el suicidio de Nerval, el silencio de Rimbaud, la fugaz presencia de Lautréamont, la locura de Van Gogh son pruebas inequívocas que el arte no salva”. Luego en el suelo, doblé las rodillas a la altura de la cara, hundí el rostro entre las piernas y los brazos en torno a ellas. Un siquiatra se me quedó mirando y le preguntó al colega: “¿Por qué la han ingresado?”, el hombre respondió: “Depresión endógena con tendencias suicidas, el último intento le dejó las muñecas destrozadas. Vive sola como la mayoría de las internas”. Estuve en la misma posición durante varias horas; alcé la vista, contemplé las paredes, las puertas, los muebles. De pronto oí un suspiro, en la puerta estaba una vieja que se tiraba de los cabellos y aullaba con desesperación. El terror le había golpeado el rostro, sus ojos estaban desentonados, perdidos en otra realidad. Se reía, pronunciaba frases inconexas como una pesadilla entrecortada. Posteriormente se mordió una mano y su mente entró en confusión total. Casi a punto de ahogarse, desgarró la tela de su bata y salió corriendo por el pasillo.

Barcelona, 8 de enero

En la habitación vecina hay una negra con la cara enterrada en la almohada; más allá, cerca del comedor, una mujer paralítica llora en silencio y mueve los labios. Frente a mi cuarto, una gorda duerme intranquila y se queja como si estuviese sufriendo. No logro descansar. ¿Dónde estoy? ¿Mi casa? ¿El psiquiátrico?, la araña pende del techo, los zapatos de tacón alto de mi madre me condenan. Hay grietas, llagas. Ahora los brazos son muñones, de la cintura para abajo la piel se ha caído, no puedo caminar. Temo morir con el rostro desfigurado bajo un periódico viejo. No le daré nada a las fieras, las mataré a golpes. Estoy habitada por una jauría, sostengo la bobina. Estoy en libertad. Escribo contra el mundo y juro decir toda la verdad. Confiteor Deo omnipotenti es.

Barcelona, 17 de febrero

¿Cuántas locas habría en el dormitorio común? Sonámbulas, epilépticas, suicidas, esquizofrénicas, depresivas. Se necesitan reglamentos para esas criaturas nerviosas, violentas, gritonas, amenazadoras, a quienes sus familias no pueden soportar por lo desagradables y nocivas que resultan ¿por qué yo me veo obligada a soportarlas? Tarde en la noche, una vieja vino a mi cuarto, me miró un buen rato y cuando la enfermera de la inspección nocturna entró, ella se fue. A duermevela, en la habitación alternativamente caliente y fría, he tenido visiones repugnantes.

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posted by Patricia Venti at 13:31 |


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