14 abr. 2008

Venti por Antonio Requeni

Patricia Venti, venezolana, doctora en letras e investigadora radicada actualmente en España, enamorada de Buenos Aires y fervorosa exégeta de Alejandra Pizarnik, es además poeta. Los que lean sus versos en este libro, que ha querido publicar en la Argentina, asistirán a una historia donde los datos de la realidad cotidiana, familiar, adquieren universal dimensión poética. La casa de la infancia, la niña que se detiene a contemplar retratos que la miran con ojos ya enterrados y sigue dialogando con fantasmas, la mujer que evoca las apariencias de un amor transmutado en la amarga metáfora de un naufragio, y sobre todo, la devastación del tiempo -ese gran devorador-, los infortunios, las azoradas certezas, la ceniza de dolorosos recuerdos, son presencias o experiencias transmitidas a través de un lenguaje riguroso y estremecido, con el que construye un mundo verbal propio. La poeta escribe menos desde la literatura (aunque aparezcan algunas referencias explícitas) que desde una exigencia visceral, por momentos desgarrada. Su poesía gira desveladamente alrededor de un drama que parece buscar su catarsis, y lo hace con un acento de insoslayable autenticidad. La tensión espiritual, el contenido desborde emotivo y una atmósfera melancólica impregnan, asimismo, los poemas de la última parte -"Ausencias"- en los que se acentúa a la perplejidad de la autora ante las eternas preguntas sin respuestas, las pasiones humanas destinadas al olvido, las nostalgias arrasadas como hojas barridas por el viento, la vida que se consume a sí misma. Porque como la autora reflexiona en el poema XV de la primera parte: "Perder es un arte difícil". La alquimia verbal de Patricia Venti transforma lo cotidiano en trascendente. Su estilo mantiene una impronta de transparencia y profundidad, de austeridad y al mismo tiempo de ternura, de delicadeza e intensidad expresivas. La búsqueda -o el hallazgo- de un lenguaje que desnude el íntimo conocimiento, la honda experiencia subjetiva, se resuelve en la felicidad de una escritura con definido perfil personal en el panorama de la poesía hispanoamericana contemporánea.

SELECCIÓN DE POEMAS

Un día aciago de marzo
mientras enterrábamos a mi padre
nuestras manos cavaron el espacio del miedo
el temblor de la espera
esa felicidad nunca prometida.

La lluvia lavó sus heridas
y sobre la fosa abierta
se acumularon
abrojos, espinas, llanto enmudecido.

Mi madre se quedó sola
con los nombres del olvido
junto a la niña que siguió hablando con fantasmas.
Años perdidos o fragmentos
de una historia contada hasta el cansancio.

Te nombro por última vez
Muera el silencio.

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Mi ciudad
tácita y nocturna,
está presente en cada uno de mis días.

Transito por sus caminos polvorientos
casa de la infancia
agua dulce, continente intangible,
dos cuerpos abrazados,
un infierno llamado culpa.

Aquí y ahora
sólo quedan cenizas,
letras de otros que anuncian:
“la ruina estaba predestinada a caer sobre nosotros”.

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Conjugo el verbo morir
y la segunda persona eres Tú.
Estúpido juego del lenguaje que mata
se quiera o no,
porque la gramática
siempre impone un sujeto de la enunciación
aunque objetes
que la excepción confirma la regla.

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Ya no hay incongruencias entre ser y estar
Donde crecía la mala hierba,
ha echado raíces una estirpe
que bien pudo ser la tuya.

El silencio fertilizó la tierra
y mi infancia se pobló de muertes prematuras.
Aquellos años fueron una herida,
un padre convertido en leyenda,
elegía de lo más querido,
una madre reflejada en los espejos
la culpa de parecer su sombra,
un hermano golpeando el corazón
igual que una cáscara vacía.

Todo se disolvió en el paisaje triste de lo perecedero,
el jardín y la casa quedaron atrapados en el reverso de la foto.
Nuestra madre mira serena
a la niña de ocho años,
a la mujer de cuarenta.
Ella, en la playa, en el mismo lugar
—como si el océano no te le hubiese arrebatado—
nos saludará por siempre con la mano.


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Te escribo desde un paraje
sórdidamente puro.
Y aunque no pude atrapar el aliento de tus dedos
o el temblor del tucán en su agonía
preferí ignorar aquella advertencia:
“nos quedaremos huérfanas
con papeles escritos en la distancia
seremos dos voces en un continente perdido”.


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El día que moriste
quise enterrar tu biografía bajo el puño.

Demasiado tarde
para evocar la soledad más absoluta
que hiere la magnificencia del Haya.

Los extravíos siguen aquí,
la respiración se llena de agua
y la hija que pariste
te llorará
hasta que nos trague el olvido.

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Europa será presagio de lo lúgubre, dijiste
en la que dejarás tu historia
un amante abandonado en los espejos
la imagen de la muerte
o la muerte de la imagen
y ya nada será lo mismo.

Inexorable fue tu sentencia,
el tiempo
—demorado en las horas, discursos, esperas—
ha dado forma al destino de tus palabras.

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La infancia
es él más terrible de los encierros.
Tuve ocho años
y no fui feliz.

Conocí el asesinato del padre
arma de fuego
golpe certero en la nuca.
Lastimé a la mujer madre
desnuda ante la pena
olvidada en los retratos
perpetua amargura.

Tantos desconsuelos
se entremezclan con los desechos del tiempo
que merecen ser arrojados al olvido.
Sin embargo,
a fuerza de vivir sin belleza
todas las voces confluyen
en los seres que amé
encadenando mi vida a su memoria.


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A medida que fui cumpliendo años
una luz obscura atravesó todo sentimiento.

La familia se convirtió en una trampa
y al intentar entrar en la casa de la infancia
encontré la ausencia del padre
un apellido inexistente
mujeres que odiaban las caricias
hijos en las suturas.

Descubrí entre desvencijados muebles
el tiempo de amar y ser despreciada.
Pero es mejor pensar que todos lloran
—con justa razón—
la inutilidad de sus vidas.

Desde entonces,
se desgasta el tiempo de los relojes
y la mujer que soy
maldice
el corazón atado a los recuerdos.

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La memoria despierta para herir
y aunque el tiempo lo consume todo
el destino trazará las líneas de su propio territorio.

Como un puño que golpea
el pasado supone una renuncia
la falsificación del encuentro fortuito.

El principio de una pasión se vuelve
una palabra mal dicha
que busca otro pronombre personal
diferente al yo, tú, nosotros
quizás otra vida difícil de alcanzar.


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Entre nosotros abril con lluvia
fue papeles escritos
guardados bajo siete llaves.

Ahora no sé
si dijiste
“nunca me gustaron las despedidas”
o “las cayenas sangran con sólo llamarlas espejismo”.

Tampoco recuerdo
si aseguraste que París en otoño
se asemeja a los relojes detenidos.

Puede que me hayas olvidado
mientras mirabas caer el agua bajo las catedrales.
Sin embargo,
al rememorar lo puro de esos días
tu presencia se confunde con las horas
palabras —casi susurros—
dichas al borde del camino:
“casarse lluvias, desbocarse vientos...”.


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No basta sangrar antes de amar
volver a la fugacidad de la noche
romper antiguos papeles
morir en el ocaso de tu cuerpo
deslizarse en el presente
y repetir: no te olvido.

Tampoco alcanza
esta fatiga anticipada
ni el desasosiego de no poder más
la asfixia traducida en tedio.

Sólo necesito
llorar la dulce espera de los besos
buscarte en el abrazo donde se entrecruzan
la rabia y el íntimo comienzo,
perdonar que vuelva a decir
“escribo cartas de amor
hastiada de miedo”.


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La impureza de estos días
jamás llega con traje nuevo.
Los hombres se acomodan a sus nostalgias
y ven pasar las hojas arrastradas por el viento.

Nosotros, sobrevivientes de lo inexorable
nos quedamos con los golpes en las puertas
el sol huyendo por las rendijas
quizás la primavera bajo el cielo turbio
un implacable “esto llegó a su fin”.

Nada hemos perdido
se claudica para decapitar besos
volver al humo de los cigarrillos
y exorcizar aquella canción
María Bethania: meu querido, meu vello
un lugar llamado Brasil.


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Al final de la tarde
pienso en un lugar para la ausencia:
colegio, casa, parque.

Silencio,
y más silencio alrededor de la derrota de aquellos días.
Vuelve el latido doloroso
convertido en queja
la maldición de estar viva.

Alguien vino desde lejos
emborronando la pasión
que no puede ser nombrada.
Desde un gesto final y tardío
guardo su desamor
olor de velas apagadas
breve tiempo para llorar
lo que nunca cicatriza.


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Si te quedaras inmóvil,
casi ausente,
una pequeña sombra
mancharía la perfección del paisaje.

Entonces sería el momento de tomar tus manos
y hablarte de los días huérfanos
llenos de alcohol, sollozos reprimidos
la interminable espera.

Pero entre nosotros
no hay refugio para buscar otros sueños
tan sólo un espacio
donde nos duele la vida.


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Tarde o temprano quien ama traiciona,
reza el proverbio.
Y así fue,
de nada sirvieron los adioses presentidos
o esta permanente,
casi duradera decepción.

Cierro los ojos
y veo la desgarradura
antesala dolorosa a la caída.

Pasó demasiado rápido
el agua bajo los puentes.
Las conversaciones en el atardecer
captan el instante de la ruptura
abrazos que se resisten a separar
el rumbo arbitrario de nuestras vidas.

A veces,
basta una lágrima
para abandonar algunos días habitados,
lo digo desde la impotencia y sabiendo
que no habrá
“un hasta siempre”
que mitigue este desconsuelo.


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Llegó el otoño
y bebo alcohol hasta perder el frío.
No hay nadie en los andenes
sólo un pequeño lamento
para insultar lo más amado.

Esbozo una sonrisa
y mientras espero el tren
la desolación se convierte en una lenta agonía.

Al pensar en el suicidio,
me digo:
es necesario vestirsede tierra mojada
volver a las ensoñaciones
marcharse sin congoja.

Pero es inútil encontrar
razones para la lluvia
que adormece y lastima los ojos.

Pronto se cerrarán las maletas
y en la noche de la huida
finalmente
nos quedaremos solos.

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posted by Patricia Venti at 9:25 |


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