1 jul. 2008

Florida, Estados Unidos, 15 de Julio de 1974. Cuando de costa a costa se hacía el amor y no la guerra, Christine murió virgen a los 29. La forma y razón de su suicidio –en el país de la sexualidad libre–, conmocionaron el mundo durante aquel verano hippie.

Pude ver su foto en un diario americano. Alta y esbelta, de pelo lacio, boca sensual, ojos muy negros. Objetivamente guapa. Un compañero de trabajo destacaba su humor siempre inteligente. La chica dirigía y presentaba un pequeño programa de televisión local, con sensibilidad y talento. “Cuando entraba en una habitación, todos los hombres giraban la cabeza, aunque en su vida ni uno sólo le pidió el número de teléfono”. Leí que finalmente se conformaba con encontrar “al menos durante una sola semana, a alguien a quien quiera y me quiera”. “Más vale una relación mala que ninguna”, dicen que decía ¿Es posible que una mujer así se suicide, harta de buscar infructuosamente un novio en la mayor vorágine sexual de la historia?

En la mañana del 15 de Julio, Christine abrió su noticiero matinal de eventos sociales, como siempre en directo. Había escondido bajo la mesa un saquito de marionetas, con las que solía entretener a los niños subnormales de un hospital todas las tardes. A veces también las usaba en su programa: De repente surgía por debajo de la mesa la cabeza de un monigote, y otro más, y montaba en pleno noticiero un número de ventriloquia-sorpresa, amable, sencillo y pequeño. Aquel día leyó la primera noticia. Su audiencia estaba compuesta por amas de casa y jubiladas hipotensas de la comunidad de Sarasota y algunos bohemios pacíficos del Cayo de la Siesta. En el saquito de los simpáticos monigotes había ocultado un Smith & Wenson del 38 con seis balas de cabeza acorazada seccionadas en estrella, un instrumento capaz de laminar un búfalo; lo extrajo, se apuntó tras la oreja y dijo textualmente “pues me parece que la dirección de la emisora quiere animar a nuestra alicaída audiencia con un poco de salsa, sangre e intestinos”; y apretó el gatillo. La descarga fue tan brutal que simplemente salió despedida del asiento. Los cámaras se echaron las manos a la cabeza y acudieron espantados. A dos pasos de la mesa, el cuerpo rebotaba rítmicamente en el suelo. Chorreaba sangre por las narices, la boca y los ojos. Así lo narra el Daily News.


Christine Chubuck sacudió durante diecinueve días toda América, el gran país de la eterna adolescencia donde toda emoción es desmedida y la bebida triplemente azucarada. Pero los teenagers sanan rápido del sarampión. En diecinueve días. El domingo 4 de agosto de 1974, el New York Times, explicó en portada y con reportaje interior a doble página, las cinco razones de la muerte inexplicable de C. Chubuck. Pero no lo hizo a la europea –con sus brumas e inconsistencias–, no. Aquello fue una investigación americana, brillante, furiosa, vital, adolescente y perfecta; encapsulada en cinco razones:

1ª razón: Estrategias repetidamente débiles en un entorno de alta rivalidad competitiva.

La profusa investigación periodística deshilvanó, una a una, las veinticinco citas masculinas de Christine. Detectó y entrevistó a todos los elegidos, mediante un formulario homogéneo de 15 preguntas; desde el compañerito de high school al musculoso vigilante de playa en Glossy Beach. Resultado: “Era un muermo”, “las caderas muy atractivas, pero incapaz de vender la mercancía ni percatarse de que yo soy un podenco atrayente, con miles de establos donde rumiar”; “totalmente distante incluso después de comernos una langosta de cena”; “sí, sí; se fue a casa con la cara muy iluminada, pero ¿y yo, qué? esa noche tuve que llamar a otra amiga menos romántica”; “la conocí en la playa a mediodía, y a las 11 ya estaba preguntando si me gustaban los niños”; “me pareció una emprisiona-hombres”; “no le registré el bolso, pero lo imaginé repleto de anillos de compromiso”; “Ah, ¿la chica de la televisión?, salí haciendo fu como el gato”.

A finales de abril le extirparon un ovario. Muy abatida dijo al médico que no podría vivir sin hijos. El doctor le contestó que el otro ovario quedaría muy pronto inactivo y que debía embarazarse antes de un año, para verano de 1975. Pronto cumpliría los 30. Oficialmente medio vieja, médicamente medio estéril, Christine Chubuck iba camino de perder el tren del éxito por su mala maña estratégica.

2º razón. 13 de Julio por la mañana. Tres ominosas palabras de su jefe.

La joven directora del Programa “Sarasota´s Peaceful Mornings” en el canal 30, había dicho a su madre que el único éxito de tu vida se desarrollaba de 9 a cinco de la tarde, durante su trabajo. Ella se reconocía como una profesional todavía modesta, con poca paga, pero bien centrada en su único cimiento sólido: La comunicación tranquila en un entorno amable.

Roberto K. el dueño de la cadena WFST-TV y del pequeño canal 30, “la televisión tranquila” –y a veces, sarcásticamente, “tele anestesia”– creía a pie juntillas que había alcanzado el techo de audiencia. Las jubiladas beatíficas, las amas de casa parsimoniosas y los bohemios de Cayo Siesta alcanzaban como máximo los 10.000 televidentes. Demasiado poco. El equipo técnico era obsoleto, los periodistas jóvenes y malpagados. Fue entonces cuando los reunió a todos y dijo aquello de “chicos, hay que dar un cambio de 180º; a la gente le entusiasman los accidentes espantosos, los asaltos a droguerías que acaban cual rosario de la aurora. Ya sabéis, salsa, sangre e intestinos, como en Nueva York”. Tres palabras explosivas contra tu único cimiento sólido, ¿verdad, Christine?

3º razón: 13 de Julio de 4:00 p.m. a 5:00 p.m. : La información necesaria para el suicidio perfecto.

El New York Times volvió a pillarte. Entrevistaste al sheriff de Sarasota. Hablasteis de suicidios frustrados y el dijo “lo más triste para un perdedor es tratar de matarse, y de nuevo fallar en su propio suicidio. El suicidio no es una arte sutil; no hay que usar un martillo de joyero sino un mazo de picapedrero. Es decir, lo mejor es prescindir de la sien, apuntar bajo la oreja donde el tejido neuronal gobierna el corazón y los pulmones, y por supuesto, usar balas de cabeza rota, por ejemplo partidas estrella, que se abren . Es imposible el fallo”. Et voilá.

4º. 13 de julio por la noche y el delicado asunto Dough.

Aquí, el New york times echó el resto y descubrió los hilos que gobernaron la vida amorosa de Christine durante 1974: Bebía los vientos por Dough el Maravilloso (Gorgeus Dough), un muñeco Ken que leía las noticias de Wall Street en el noticiero nocturno. El periódico probó que Christine fue a hurtadillas a su casa, el 13 de Julio, dos noches antes de su suicidio. Se puso un vestido blanco escotado, plisado por encima de la rodilla, y unas sandalias de tacón. No cruzó el umbral; apenas un hola, un azorarse y un adiós. Pero luego volvió sobre sus pasos y plantó una tarta de arándanos azules en la puerta –en plan ofrenda nocturna. Pequeña pánfila vestal.

5º. La fiesta del 14 de Julio y la planificación táctica con la reportera Samantha S.

Su única amiga, una divorciada de 32 años –muy experimentados– llevaba tiempo ayudándola y según declaró, entendiéndola. Solía gritarle “¿por qué no te autopateas el culo y meneas de una vez la pelvis?”. Habían diseñado juntas y al milímetro el asalto nocturno a la casa Dough –terminado en forma de tarta de arándanos azules. Tras el fiasco, volvió con su vestido blanco intacto, toda desolada a contárselo a Samantha. “Odio tu asquerosa forma de paralizarte y después autocompadecerte”, respondió la otra y añadió que marchaba a Maryland para siempre, contratada por la Baltimore TV station –un trabajo que Christine habría soñado. Fin de amiga, fin de planificaciones, fin de partida. En plena llantina de ella, Samantha diseñó la última carga de caballería: “Se acabó el color blanco; mañana, con tu vestido lila le dices llanamente que estás voluptuosamente abierta a todo, incluyendo fantasías y morbosidades; de algo tiene que valer ser virgen”. Al día siguiente, ambas acudieron a la fiesta de los periodistas locales. Christine reunió las fuerzas que quedaban después de toda una vida en barbecho y veinticinco citas (catastróficas por exceso de rosas rojas), y habló con Dough como pudo. Este maravilloso hombre declaró que no entendió nada más que ambages enrevesados –por demasiado sutiles en el país del hipersexo–. Olisqueó una estratagema rosada y dijo: No. Eso sí, sin graves consecuencias para él; de hecho, Samantha –que contemplaba la escena, harta quizás de ineficacias– la sustituyó en el asalto al Maravilloso Dough delante de sus narices, quizás con la sana idea de mostrarse ejemplar, y por eso se hicieron amantes aquella misma tarde, antes de que las luces de la fiesta se apagaran.

Leer estas cinco razones de melodrama con mermelada agria, y lamentarlo fue todo uno.Seguí recopilando algo más acerca de Christine Chubbuck; por ejemplo, que durante la tarde del 14 de Julio hubo un calor pegajoso en Florida, y al caer la noche se formó una tormenta. Los rayos quebraron la balaustrada del mirador turquesa, en Cayo Siesta. Leí que Christine caminó sola por la playa y volvió a casa con su vestido lila empapado de lluvia. Cuando escampó, el hermano de Christine y su novia llegaron con ropa sucia para la lavadora. Ella habló del “sempiterno problema” y le soltó la letanía abrumadora sobre el psicólogo y su primer intento de suicido a los 19; “la noté profundamente deprimida, más de lo normal” declaró el hermano, “me dijo que ya solo luchaba por encontrar a alguien, que si fracasaba se mataría, pero no hubo llanto sino entereza. Creo que tomó la decisión esa misma noche, poco después de irnos”. Según su madre, la mañana del suicidio Christine estaba contenta. Horneó una tarta de arándanos azules, la favorita de su familia y partió al trabajo con su saquito de marionetas.

A los 17 años, Christine escribió en el School yearbook: “… cualquiera que sea mi emprendimiento buscaré la perfección, nada hay que me deje un poso más amargo que el fracaso”. En América, país de la eterna adolescencia, los sueños son tan potentes que arrastran todas las vidas hasta consumirlas. Y en la empresa de perseguir sueños de adolescencia, Christine abjuraba de las medias tintas, de transitar por la gama de los grises, de vivir una relativa infelicidad feliz. Se introdujo en un laberinto. Pensar que si no hay azúcar triplemente dulce, habrá sal triplemente salada.

Etiquetas:

 
posted by Patricia Venti at 9:15 |


0 Comments:




Site Meter