Había una vez un hombre llamado Josef que caminaba sin descanso de un lado a otro de la habitación, de pronto se detuvo muy cerca de mí y me inmovilizó mientras yo luchaba por zafarme de aquellas manos sabiendo que era inútil. Comencé a gritar, cada músculo se convirtió en un cuchillo, la saliva en flema. Súbitamente sus nudillos se estrellaron contra mi boca y un hilito de sangre me bordeó la comisura de los labios. Quedé a oscuras, regresé a la adolescencia. Me dio un empujón, traté de escapar, caí y no pude levantarme. Desde el suelo, la perspectiva era turbia. Se mezclaron en mí sentimientos contradictorios: la víctima y el verdugo, debían morir. Sólo se escuchaban los alaridos de un loco, el dolor quedó encerrado en la garganta, los gemidos me habían llenado la boca. Estaba despierta preparándome para la rigidez de la muerte.
Exánime del combate, el hombre salió deprisa de la habitación. Me levanté, yo cojeaba de una pierna. Entré en la cocina y cerca de la puerta estaba él, esperando a su animal herido. Sin dudarlo, agarré unas tijeras del estante.

-¡Te voy a matar!- le dije.
-Tranquilízate- respondió asustado.
-¡Cerdo!
-Por favor...
-Si te acercas, te mato.
-Tranquilízate, juro que no volveré a pegarte.
-¿Por qué lo hiciste?
-No sé, perdí el control.
-...¿me quieres? -balbuceé.
-Por supuesto, y tú lo sabes.

Josef se alejó, el miedo rozó el miedo. Los quejidos se convirtieron en una agonía lenta. Intempestivamente se giró abalanzándose sobre mí, intentó desarmarme, pero esta vez tropezó con el mueble rodando por los suelos. Pasé por encima de él, me sentí a salvo viéndolo indefenso. Antes de irme, dejé las tijeras en la mesa y entendí por qué los hombres, al igual que las ratas, exterminan a miembros de su propia especie.
 
posted by Patricia Venti at 14:46 | 1 comments
16 ago. 2009
REQUIEM

Mientras se va desdibujando
una historia antigua
espacio para la ausencia,
recuerdo la tarde que enterramos a mi padre.

Ese día
una lluvia cayó
sobre nosotros
dejándome abrojos, espinas
y malos recuerdos
en las manos.

Quizás mañana
emprenda
el viaje de regreso
a la casa de la infancia
donde la única salida
es un espejo.

Hablo desde el fondo de un pozo,
se me borró
el rostro
los nombres
la mujer sin miedo al vacío.

Quiero recordar a mis muertos
por última vez.
Hágase el silencio.
 
posted by Patricia Venti at 14:31 | 0 comments
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